Jenín, un poema palestino contra el genocidio

JENÍN

Bienvenido a la jaula al aire libre mayor del mundo. Bienvenido al silencio de las mariposas.
El aire es más espeso que la muerte en Jenín, a 115 kilómetros de Belén. Hemos tardado, sorteando checkpoints y esquivando las carreteras de los colonos, casi cuatro horas en llegar. Huele a pies, a cloroformo, a sangre que se pregunta, a caricias terminales en la planta segunda del hospital. Regreso al vacío. Huele a sueños rebobinados y a los adioses urgentes del amor que se va, que escapa ronco y silbante en los últimos estertores.
(…)
Planta primera. En las incubadoras algunos bebés boquean como peces en el anzuelo. Sadik al karim, amigo del alma, te necesito. He llegado hasta aquí con un camión fletado por una onegé que transporta suministros de emergencia para el área de hemodiálisis. Riñones artificiales. ¡Hasta aquí el único avance moral de la humanidad! Ni rastro de medicinas tras el bloqueo económico de Europa al gobierno de Hamás.
Llegan más chavales heridos de bala de un barrio cercado por el ejército israelí. Un perro me muerde el alma excitado por ese olor.
Si al menos esta vez nevara en Palestina. Si abriesen la jaula para quedarme. Para no salir. Dí, ojalá fuera una vela en la oscuridad.

(De “Cinta transportadora”, Ediciones Hiperión, 2008)

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