RECUERDO DE JAVIER TOMEO ( y PARÁBOLA DEL MAL SAMARITANO)

Ayer, al regresar a Madrid, en un paso de cebra de la Avenida Ciudad de Barcelona, cerca de mi casa, le salvé la vida a una anciana un poco trastornada a la que habían dejado sola en su silla de ruedas. Todo fue muy rápido. Mientras esperaba el semáforo en verde vi como a la anciana se le soltaba el freno de la silla y fatalmente se deslizaba cuesta abajo hacia un autobús de la EMT que venía flechao a escasos tres metros. Tuve reflejos y me interpuse entre los dos empujando a la anciana y su silla de nuevo hacia la acera. Después, mientras la abuela con el pijama lleno de lamparones echaba pestes contra el mundo y contra la amiga que la había invitado a comer, hice de buen samaritano y la acompañé hasta su casa.Mil metros obstáculos bajo la solanera de Madrid empujando una silla de ruedas. Ya en el portal le dije a l portero de la finca que me había encontrado a la señora en la calle a punto de ser atropellada. Me despedí y a mis espaldas oí como la agradecida anciana le decía al portero: Mira lo que dice el desgraciao, que me ha encontrado en la calle…

Cuando llegué a casa y me enteré de la noticia de la muerte de Javier Tomeo me llevé un disgusto enorme porque no sabía que esta última semana había recaído. Como sucedía con muchos amigos comunes el engrudo de nuestra relación lo ponía Félix Romeo. Coincidimos en firmas y ferias del libro en Huesca, en Monzón… Venía a alguno de mis conciertos en Barcelona. Me llamaba para disculparse si no podía. Recuerdo hace años, una tarde en Madrid una hora antes de un concierto del abuelo Labordeta, charlando y riendo los tres en el camerino. Tomeo era ocurrente, tierno, muy afectuoso bajo ese corpachón y esa máscara de boxeador que nunca ha besado la lona.
Hace tres semanas, le mandé un mensajito al móvil para darle ánimos y desearle que se recuperara muy pronto. No quería importunarlo en el hospital. Después me alegré cuando me encontré a Eva Puyó hace dos domingos enfrente del Entalto y me dijo que se encontraba mejor.

Tengo muchas imágenes y recuerdos pero dos instantes junto a él sobresalen en mi memoria. El primero en una comida en Formigal dentro de unos cursos de la Universidad Menéndez Pelayo. A los postres hablábamos y delirábamos sobre sexo. Félix Romeo hacía una poderosa loa de las maravillas del sexo oral dirigiéndose a Tomeo, a lo que el escritor de Quicena sentenció con humor, como un personaje cavernario de sus libros: “No me gusta amorrame al pilón”. Y aún me río de buena gana al recordarlo.

El segundo instante: Hace un año y ocho meses en el entierro de Félix Romeo apoyó su brazo izquierdo sobre mi hombro mientras con la mano derecha sujetaba un bastón y fuimos caminando de la capilla hasta el nicho de Torrero.
Ahora que ya no están Félix ni Labordeta ni Tomeo, esos “amados montruos” que eran embajadores universales del “Otro Aragón” -el surrealista, el de la utopía y los sueños, el del humor que nos salva de la depresión, el de la diáspora y los trasterrados- uno se siente más desvalido, absurdo y desolado que nunca. Más ciclotímico, como lo eran los tres.

Me sentí raro ayer salvando la vida de una anciana con demencia senil en una avenida de Madrid. Hubiese preferido y celebrado por egoísmo de lector, alargar unos meses, unos años más, la de Javier Tomeo.

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Con Javier Tomeo y Magdalena Lasala en una manifestación contra la guerra de Irak en la Plaza del Pilar de Zaragoza.

 

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